Hoy hace dos años que tuve el día que lo cambiaría todo. Hoy, justamente hoy, hace dos años que después de muchas horas hablando por mensajes le puse cara a quien se convertiría el amor de mi vida. Sé que suena demasiado cursi, sé que dan ganas de vomitar arcoíris cada vez que hablo y/o escribo sobre esto, pero es que es verdad. Y lo supe al momento. Lo supe en el primer momento en que vi esos ojos mirarme fijamente. Lo supe. No sé cómo, pero lo supe. Y qué bonito es recordar ese momento.
Han pasado tantas cosas en estos dos años, que hasta puede llegar a dar un poco de vértigo, pero han sido dos años maravillosos. Si a la Evelyn de hace dos años le contara todo lo que estoy pasando a día de hoy, no se lo creería, me diría que estoy mal, que lo estoy inventando. Pero qué suerte que hemos tenido, amiga.
Se suele decir que todo pasa por algo: los errores, las penas, los llantos incontenibles, las noches enteras sin dormir, esos dolores que crees que te mereces, porque no sabes lo que realmente es lo que te mereces, porque no han sabido dártelo, ni siquiera tú misma sabías dártelo. Tanto mal para que se convierta en tanto bien. Tanta toxicidad, para que se convierta en aprendizaje, no volver a repetir errores y cambiarlo a actitudes sanas. Qué maravilla encontrar a la persona que te hace sentir bien, que no te juzgue, que te quiera bien y que te ayude a aprender a quererte a ti misma, sobre todas las cosas.
Creo que no se imagina (ni por asomo) lo mucho que me ha enseñado en estos dos años. Ni se imagina tampoco lo tan fuerte que es el sentimiento que tengo hacia él. Tanta felicidad, tanto amor, tanta admiración que a veces siento que me explota el pecho de felicidad.
La verdad, es que no me tiembla el pulso al afirmar, con toda la de la Ley, que es el amor de mi vida.