miércoles, 26 de agosto de 2020

Se acabó.

Y sí, se terminó.
Esta vez, de verdad. Ya no estás, ya no tengo mensajes de buenos días, ni memes de corgis, ni canciones, ni vídeos ni fotos. Se acabó. Lo peor de todo esto es que estoy en paz, porque sé que no he hecho nada mal ni nada malo como para estar preocupada. Sé que he hecho las cosas bien, por una vez en mi vida.
Lo que no estoy segura de si él sí ha hecho las cosas bien o no. Creo que fue eso lo que nos ha matado a los dos, la desconfianza de uno y del otro. Me hago cargo de mis errores y mis fallos, pero jamás le mentí. No estoy segura de que él pueda decir lo mismo.
¿Soy dura? Quizá. Pero era lo mejor. De vez en cuando flaqueo un poco y pienso en escribirle, saber como está, pienso en lo mucho que le he querido y lo que me encantaría tenerle a mi lado, aunque sea como amigo... Después lo pienso mejor y creo que eso solo nos haría más daño a los dos. Y lo vuelvo a pensar mejor y recuerdo las conversaciones que tuve con su hermana y su madre y ya me llega de sobra para pensar que sí, que es mejor así, que está bien y que no me echa de menos. Que su vida sigue y que ya no tiene mi peso encima de él. Quizá ahora encuentre a alguien que sí le comprenda y que sí le haga feliz, que le brinde todo lo que demanda y que tengan los mismos objetivos.
Aunque no pueda evitarlo, siempre te querré, con todo mi corazón y ni te imaginas lo mucho que duele no saber de ti.
2020, estás siendo un año de mierda.

jueves, 6 de agosto de 2020

Hasta la próxima, amigo.

    Mira que me pasé horas hablando contigo... Ahora mismo no sé qué es lo que siento. No estoy segura si lo que siento es rabia, tristeza, paz porque sé que ahora mismo ya no sientes dolor... No estoy segura de nada. Todavía no me creo que no estés aquí, con nosotros. Miro al frente, al banco donde te sentabas siempre que te agobiaba estar allí y ya no estás. Miro en la banqueta donde te tomabas el café y ya no estás sentado. Llegué hoy al bar y no estabas esperando a que te hiciera el café. No me puedo creer que ya no estés aquí, con nosotros, con tu hija y con tu mujer. Dueles mucho, amigo.
    Poco necesité para saber que en ti sí podía confiar, que sí podía hablar, en cogerte cariño y respeto, pero sobre todo, cariño. Echaré tanto de menos pasarme las tardes hablando contigo, que me hables de lo preciosa que es Daniela, de tus broncas con los chavales, así como de todas las cosas que me contabas. Eres enorme, David, enorme, un corazón que no te cabía en el pecho, por eso no entiendo porqué hiciste lo que hiciste, qué necesidad tenías. 
    Me imagino que estarás allá arriba riéndote de todos nosotros y diciendo "¡qué cojones! ¿No dije yo que quería una fiesta cuando me muriese?". No me puedo creer que esté escribiendo sobre esto. ¿Te das cuenta de lo que has conseguido? Has conseguido que vuelva a escribir. Hubiese preferido que fuese sobre otra cosa, no una carta de despedida. No sé como voy a hacer mañana para enfrentarme a ese ataúd contigo, verte ahí, inerte, frío.
    Me repito, pero es que no me puedo creer que anoche fue la última vez que te vi, que te dije "Chao, David, cuídate"... Si ayer me estabas echando la bronca porque no tenía Cola light, que ya te habías decidido después de dos horas pensando y después me volviste a echar la bronca porque no tenía limón para echarte en la Cola normal que te terminaste tomando... Cuando me dijiste que te ibas a casa a llevar la sudadera, porque era muy cerrada y te molestaba los tubos, que volvías ahora y te dije que allí estaría, esperándote.  
    Has dejado un vacío enorme, tío. Te echaremos muchísimo de menos.