No me gusta el juego de no saber qué narices voy a hacer con mi vida. De pronto nada está claro y es tan difícil... De todas formas, tampoco quiero precipitarme a nada y seguir en este plan de no saber nada y no tener nada claro. Es entretenido, hasta cierto punto. El no saber qué es lo que te depara el destino, el no saber qué es lo que harás dentro de media hora, el vivir sin preocuparse en el qué pasará si...
Las mañanas pasan lentas y son rutinarias: levantarme, desayunar, pasear a India, volver a casa, hacer el pincho para la cafetería, los bizcochos también para la cafetería, la comida de India, la comida para casa y comer. Fin. Y luego, es todo tan aleatorio, no hay nada planificado y, me parece mentira, pero me encanta. Al final del día, un capitulo de El Principito y a dormir. Es mi parte favorita del día, sin dudas.
A veces, el capitulo de este es por las tardes, antes de dormir la siesta. Me encanta. Parecerá una tontería, pero es que a mi me encanta. Es decir, me vuelvo a sentir como si tuviera cinco años y me siento tan bien... Me olvido de los problemas que tengo, me olvido de todo lo que me rodea, de todas las preocupaciones y de los fantasmas del pasado que se vienen a mi cabeza para atormentarme una y otra vez. Me siento afortunadísima de tener esos minutos de gloria. Ay, lo echo de menos ahora. ¿POR QUÉ?
Luego se le da por decirme cosas bonitas y me lo creo, claro. Me empiezo a emocionar y, cuando estoy toda moñas y toda ñoña, suelta algo para que me enfade y me den ganas de ahorcarlo. Pero se me pasa en seguida, cuando empieza con su "peequeeee". Sabe como hacer que se me pasen los enfados rápido. También es mucho de hacer comentarios soeces, propios de él. Porque es así, sin más. Y es que es tantas cosas a la vez. O, si no, se me da a mi por decirle algo bonito, dejarle un testamento enorme para que lo lea a la mañana siguiente y a veces me contesta cualquier otra cosa, como si no lo hubiera leído, entonces me enfado y le digo que nunca más le diré cosas bonitas. Pero miento, porque sé que le volveré a dejar algún que otro testamento un par de días después.
Si es que me podría pasar las veinticuatro horas del día hablando con él, o mirándolo, o escuchando como toca el piano y haciéndome emocionar con muchas de las canciones que pone. No sé como lo hace, pero es que siempre, SIEMPRE, encuentra ésa canción que hace que me acuerde de algo, que me emociona, que me hace recordar otros tiempos. Es gracioso, porque cuando él toca el piano, la cabeza me empieza a trabajar a mil por hora y se me empiezan a ocurrir un montón de historias que contar, es como si fuera una fuente de inspiración.
Pero tampoco quiero decirle mucho, porque si no, se lo cree y se le empieza a subir el ego. Claro, luego es culpa mía que esté todo tontito. Pero es que me gusta que sea tontito. En realidad, me gusta todo él. De principio a fin. Desde su más alto estado de ánimo, hasta su más bajo. Todo. Sin embargo, deja de gustarme un poco cuando me pide que le diga cosas que no me salen decirlas en voz alta todavía. Ay, cuando lo vuelva a tener para mi...