¿Sabes esa sensación de tener el corazón en un puño? ¿Esa angustia constante de no saber si estás haciendo las cosas correctamente o si estás cometiendo el error más grande de tu vida? La última vez que sentí todo esto, fue hace seis años, dejando ir a la mejor persona del mundo por inseguridad, por no arriesgar con eso de ¿y qué si al final es distinto? Pero la Eve del 2015 era una persona que quería tener estabilidad, que quería que la persona que estuviese a su lado, fuera de manera incondicional y, a día de hoy, maldigo a esa Eve.
Ahora miro las fotos de entonces, esos paseos por la playa o por el monte, las películas en V.O. que veíamos juntos, con mi cabeza apoyada en sus piernas mientras me acariciaba la cabeza, las veces que le hacía de copiloto mientras ponía las mejores canciones, apoyarle a la distancia cada vez que tenía partidos fuera de aquí, la de veces que ha intentado explicarme las reglas de su deporte y quedarme embobada mirándole... La de veces que habré soñado con estar con él y de pronto se había hecho realidad...
Todos esos recuerdos se me vienen ahora como una ráfaga de fotografías y vídeos y me pone melancólica. Pienso en todo ello y me arrepiento tanto, tanto, duele tan dentro que es casi insoportable. Lo hice tan mal, le hice tanto daño que ni siquiera sé como a día de hoy me sigue hablando. Creo que si pudiera dar marcha atrás, si tuviera una máquina del tiempo, lo habría apostado todo por él, por más que me hubiera dado la libertad de decidir irme, porque en el fondo, muy fondo, en realidad, nunca quise irme.
Pero le veo tan feliz, con su vida tan organizada, que hasta me da envidia, porque ella podría ser yo, podría ser yo la que se despertase todos los días a su lado, verle dormir, dormirme apoyada en su pecho, preparar café juntos, hacer que cada día fuera diferente, apoyarnos mutuamente en todos nuestros proyectos, irnos de viaje por todo el mundo, ir a Canadá y que me enseñase todos los sitios que él ya ha visto. No le puedo pedir que deje todo y se venga conmigo. No sería justo, ¿no? Aunque las ganas me puedan, aunque me tenga que morder la lengua cada vez que estoy con él para no decirle todo lo que siento, todo lo que se me pasa por la cabeza.
Escucho canciones que me recuerdan a él y me da una punzada en el corazón. Guardo la entrada del último concierto que fuimos juntos como si fuera oro. Me hablan de él y se me pone una sonrisa triste en la cara, paso por delante de la puerta de su casa y siempre me quedo mirando con la esperanza de que, algún día, nos encontremos.
Cada una de las doce uvas que tomé con las campanadas de fin de año, las tomé pensando en que quiero un 2021 con él. Sólo necesito un golpe de suerte.